sábado, 30 de junio de 2012

Capítulo 22#



Cuatro horas después del abrazo en la habitación de hospital, en una conversación por WhatsApp.
—Peeeeeeeeeerdona Smith, pero yo te quiero mas
Jeje, no te equivoques cielo, yo mucho mas :3
—Ems, no carinio.
¿Carinio? Jajaja!
—Eh, que desde la blackberry no se poner la enne esa >< JAJAJA
Te tendre que enseÑar ;)
—Tomorrow amor(L)
Por cierto, ¿a que hora quereis salir?
—Sobre las 10 y media... Podras estar aquí?
Seppppp. A las 10 y cuarto estare alli
—Jep:) Me voy a acostar. Un kissss :D
Te quiero
—<3
Cristina besó la pantalla del ordenador y lo dejó boca abajo sobre la mesita de noche. Suspiró y se acostó mirando el techo. Aquel chico era perfecto, ¿por qué no lo había encontrado antes? Tan guapo, tan simpático, tan... increíble. Apenas tenía palabras para describirlo. Lo peor de todo es que lo conocía de hacía tres días y no podía evitar pensar en él a todas horas. ¿Enamorada? No creía, lo conocía muy poco...
Aquello estaba siendo tan perfecto. Ni siquiera había tenido que ocultárselo a sus padres. Simplemente, cuando habían acompañado a Smith a su casa, su madre había dicho: 'Parejita, nos vamos a dar una vuelta por aquí que Aurora quiere un helado. Despediros a gusto.' Y no les importaba. La verdad era que Smith tenía algo que hacía que todo el mundo se fijara en él. ¿Habría alguien en el mundo que no lo soportara? Era imposible.
Volvió a suspirar. No todo podía ser bueno. 563 kilómetros se interponían entre ellos. Sólo le quedaban cuatro días para disfrutar de él. Luego todo se acabaría. No podían estar juntos estando tan lejos. Por mucho que hablasen, cualquiera podía ser infiel a tanta distancia. Entonces, ¿qué? ¿Esto sólo serviría para hacerse daño? Porque se tendrían que acabar separando, quisiera ella o no. No debería estar preocupándose por esto ahora, sino que tendría que disfrutar del tiempo que le quedaba. Pero no podía, era imposible.
Y así, pensando en la distancia que la separaría de Smith en los próximos días, Cristina se fue quedando dormida.
Mientras, en un piso del mismo Madrid.
Sonrió viendo como el estado del WhatsApp cambiaba de En linea a última visita... Era preciosa. Ella y todo lo que la rodeaba.
Salió de esa aplicación y comenzó a buscar una canción en sus listas de reproducciones. Aquí. Just the way you are, de Bruno Mars, comenzó a sonar desde su móvil. Eran las ventajas de vivir sólo: nadie te decía lo que podías y lo que no podías hacer. Si te apetecía poner la música a todo volumen a las 3 de la mañana lo hacías, y que se apartara el mundo.
Su vida estaba cambiando, y algo en él le decía que para mejor. No sabía por qué, era una sensación única, totalmente nueva. Ni siquiera con Amaia había sentido algo tan especial... Cristina era perfecta. Había llegado a su vida y, en cuatro días, había cambiado toda su estructura. ¿Tan rápido? Pues sí. Ella era tan sumamente perfecta que no había necesitado meses para conseguir enamorarle. Con Amaia fue todo tan diferente... No recordaba un día que hubieran pasado sin discutir. Todo el amor que le tenía se fue convirtiendo poco a poco en odio y rencor hacia su persona. Y es lo que había. Lo peor de todo fue que le siguió aguantando las tonterías hasta que le dejó.
Miró la mesita de noche y no pudo evitar que una lágrima resbalara por su mejilla. ¿Por qué no era capaz de quitar esa foto de allí? Quizás todavía la echaba de menos. Aunque Cristina hubiera entrado así en su vida, por muy maravillosa que fuera, en su corazón siempre quedaría un espacio, chiquitito chiquitito, para Amaia.
A la mañana siguiente, en el hotel donde dormía Cristina.
—Aurori, ¿dónde estás?
Su hermana sabía perfectamente que la pequeña estaba escondida debajo de la cama de matrimonio de sus padres, pero le gustaba escuchar la risa de su hermana. Todas las mañanas jugaba con ella al escodite por su casa. Estando en un hotel no iba a ser menos.
—Vamos chicas —dijo Alfonso—, tenemos que bajar a desayunar.
—¡Te pillé! —gritó Cristina agachándose y mirando debajo de la cama.
Las dos comenzaron a hacerse cosquillas y a reír como locas. Estaban muy unidas.
Tras unos minutos de cosquillas y de un cabezazo contra una pata de la cama de Cristina, la familia bajó a desayunar. Había quedado con Smith a las 10 y cuarto en la puerta del hotel, o sea que aún le quedaba media hora para desayunar. Esa mañana querían que Smith les llevara al Retiro y algún otro parque. Ella y Smith se alejarían de sus padres mientras que estos daban un paseo con su hermana y tenía todo el día para saber más sobre él.
Llegaron los cuatro a la cafetería del hotel y cogieron un par de bollos y tostadas para desayunar bien. Cristina se acercó al dispensador de zumos y se llenó el vaso de zumo de naranja.
Cuando volvió a la mesa, su hermana ya tenía la boca manchada de azúcar glass por culpa de una ensaimada. ¿Cómo lo hacía para ensuciarse siempre? Sacó un pañuelo de su bolsa de Adidas y limpió a Aurora. Suspiró, recordando el miedo que había pasado en el parque al pensar que no volvería a verla. Aunque, por otra parte, si ella no hubiera desaparecido nunca hubiera llamado a Smith. Recordó la nota de su pantalón. Que arrogante le había parecido. Y atrevido, muy atrevido. ¿Cómo se había atrevido a hacerlo? ¿Tanto se notaba que era extranjera? La verdad es que un poco, el acento era exagerado. Aquí tan 'tronco' y en Almería tan 'chacho' y 'socio'. Aquí tantas eses y en Almería tan pocas. Intentaría arreglarlo. Bueno, mejor no, que iba a parecer subnormal.
Le dio, por fin, un sorbo a su zumo y por poco no lo devuelve al vaso.
—¡Puag! Dios, que ascazo de zumo.
—Pues el mío está bueno... —dijo Nemesia.
—Bueno, yo voy a tirarlo.
—¡No te retrases!
Cristina se levantó y se dirigió hacia el mismo sitio donde, minutos antes, se había echado el zumo. Iba mirando hacia el suelo, y no se dio cuenta de quien venía hacia ella, también mirando hacia abajo. Ninguno de los dos pudo evitar el pequeño choque.
—Ui, perdona —se disculpó aquel muchacho.
—No, no importa —respondió ella sin levantar la mirada del suelo.
¿Qué? Un momento, no podía ser. Aquella voz le había resultado demasiado familiar. Se giró rápidamente. No, allí no había nadie con el aspecto que él llevaba ahora. Se volvió a girar y tiró el zumo. Cuando regresó a la mesa, su familia ya había terminado.
—Oye, ¿vosotros habéis visto a Ricardo? —preguntó Cristina.
—¡Sí! —respondió su padre— Ahora va con el pelo de colores y con unas pintas rarísimas...
—No papá, digo aquí, ahora. Creo que me he chocado con él.
—¡No digas tonterías Cristina! —gritó su madre al tiempo que se levantaba— Él está en Almería. Y vámonos, no debemos hacer esperar a tu chico.
—Se llama Smith...

N.A: Hola queridos lectores! Me alegro muchísimo de que sigáis leyendo La última palabra, sin vosotros no sería posible. Pero bueno, quería deciros que aquí tenéis un capítulo lo más largo que he podido porque me voy a Inglaterra y no podré escribir hasta el 22 de Julio que vuelvo. Conclusión, no esperéis siguiente capítulo hasta el 25 como pronto... Lo siento, pero no puedo hacer más. Otra vez, muchas gracias por leer. Os quiero.

lunes, 25 de junio de 2012

Capítulo 21#


Hace poco menos de un años, en una yogurtería de Almería.
Tuve que girarme para que no notase mis lágrimas que comenzaban a aflorar de mis ojos. ¿Cómo podría contenerlas si Ricardo me estaba contando cómo le había pedido salir a mi amiga? Bueno, amiga. Con quien yo creía que era mi amiga...
—Cris, ¿te pasa algo?
—¿Eh? ¡Ah, no! —dije volviéndome a girar hacia él— Es que se me ha metido algo en el ojo.
—Cualquiera —empezó a decir entre carcajadas— diría que es una excusa tonta.
—¡Ya!
Entonces llegó nuestro turno. Un helado de frutas del bosque con nubes y caramelo para él y uno de yogurt con lacasitos y dulce de leche para mi. Aún recuerdo la primera vez que fuimos al Smooy. Solos no, por supuesto. Íbamos un montón de gente, a las 12 de la noche. Recuerdo que la camarera nos invitó a un helado a Laura y a mi porque le bailamos la macarena. Que borrachas íbamos, y que buenas amigas éramos.
Salimos y nos sentamos en el banco que se encontraba delante de la tienda. No sabía que decir. Acababa de escuchar que le había pedido estar juntos para siempre en el paseo marítimo, y que enganchada en dos palmeras había una pancarta en la que ponía: 'Laura, te quiero, eres mi vida. ¿Quieres formar parte de ella?' Sólo pensarlo me provocaba un horrible bajón. Llevaban ya un mes y pico, pero yo no lo superaba. Ni lo superaría nunca.
—A ti te pasa algo —dijo mirando su helado e intentando pescar una nubecita.
—¿A mi? —intentaba disimular, pero era casi imposible— Ni en broma, y menos contigo.
Sonrió. Aquella sonrisa que no podía sacarme de la cabeza. Que no, que me mataba cada vez que hablaba.
Entonces se acercó y me abrazó. Dios, que bien olía. Recuerdo un día que, paseando por mi calle, alguien pasó por mi lado con el mismo perfume que él. Me senté en un banco a pensar en él y no me levanté hasta tres horas después. Aquel hombre me tenía totalmente enamorada.
Poco a poco, fue alejándose de mi. Apoyó su frente en la mía. Nuestras narices se tocaban y nuestros labios estaban a escasos centímetros. Notaba su respiración. ¿Era algo agitada? ¿O sólo era mi imaginación? Yo estaba mirando hacia abajo, jugueteando con mi helado, pero notaba sus ojos color miel clavados en los míos. ¿Qué pretendía? Estaba serio, la sonrisa que antes me había dejado embobada había desaparecido de sus labios. ¿Y si le beso? ¿Y si me besa? ¿Y si nos besamos? ¿Y si...? ¿Qué estaba diciendo? Estaba con una amiga. Bueno, ahora ya no era mi amiga... Pero tenía novia. Tenía que dejar de pensar en él, olvidarlo.
Levanté la mirada, sonreí y me separé de él, volviendo a mi yogurt helado.
—No todo es lo que parece.
Me quedé sin respiración. ¿Qué había dicho? No lo entendía. ¿Qué quería decir con eso? ¿Qué no quiere estar con ella? ¿Qué me quiere? O... a lo mejor sabe que me gusta y por eso lo dice...
—¿Qué? —me limité a preguntar, quizás me aclarase algo...
—Que si nos damos una vuelta —contestó levantándose y tendiéndome una mano.
—Pero... —¿De verdad quería saber la respuesta?— Sí, vamos.
Y tomando su mano di el tema por zanjado, pero esa frase me daba vueltas y vueltas en la cabeza.

lunes, 23 de enero de 2012

Capítulo 20#


Laura salió corriendo de la habitación. Aun así, seguía escuchando el suspiro de Smith cuando Cristina lo abrazó, así que siguió corriendo. Corrió hasta salir del hospital, sin preocuparse de si arrollaba a algún que otro anciano. Le daba igual.
Cuando estaba en la puerta sintió que necesitaba seguir corriendo, descargar toda la angustia que tenía dentro de alguna manera, por lo que siguió corriendo hasta llegar a casa de sus tíos. Entró sin preocuparse de esconder las lágrimas que hacía rato que caían de sus ojos, subió a su cuarto y se tiró en la cama.
Desde allí, volvió a recordar el abrazo de aquellos dos idiotas y las lágrimas volvieron a brotar por sus mejillas como si ella misma quisiera expulsarlas. Pero no, Laura estaba harta de llorar. Harta de aparentar estar bien cuando no lo estaba, harta de seguirle la corriente a su prima, harta de aparentar lo que no era, harta de ser lo que todo el mundo esperaba que fuera.
De pronto, justo cuando estaba a punto de abandonarse a manos de Morfeo, la puerta de la habitación. Ni si quiera tuvo que levantar la cabeza para saber quien era aquella que atravesaba el umbral de su puerta.
¿Qué quieres? —preguntó sin levantar la mirada y volviendo a sus sollozos.
¿Qué te pasa? —en su voz se notaba desprecio, ni siquiera estaba preocupada por ella pero sus padres la habían obligado a subir.
Nada, ya se me pasará, como siempre...
Pues venga, que hemos quedado.
No, has quedado tú —esta vez se incorporó un poco y se sentó en el filo de la cama viendo como sus pies colgaban.
Tú te vienes —dijo su prima con voz autoritaria—. Viene Alberto.
Alberto no me gusta. Es feo.
Pero tiene dinero. Si sales con él, podremos aguantar hasta el final del verano sin robarle más dinero a mis padres.
No quiero. Déjame dormir —dijo volviendo a acostarse.
¡¿Pero quién coño te crees?! —se acercó a ella y la cogió del brazo obligándola a levantarse.
¡No se te ocurra volver a tocarme!
Laura levantó el brazo consiguiendo escaparse de su prima, que la miró con toda la rabia que pudo. Pero Laura no se dejó intimidar y se disponía a soltarle a la cara todo lo que había reflexionado momentos antes cuando su prima le dijo en un susurro...
Ten cuidado con lo que ibas a decir, recuerda que eres lo que eres gracias a mi.
Claudia intentó que sonara más bien como un consejo, pero su prima lo entendió como una amenaza, lo que hizo que retrocediera un paso, agachara la cabeza y se tragara lo que le quedaba de orgullo.
Así, Claudia salió de la habitación, dejando a Laura sola, otra vez, con sus lágrimas.
Mientras tanto, en una habitación de algún hospital de Madrid.
Los dos jóvenes seguían abrazados. Ninguno quería que ese abrazo terminara. Pero Smith se decidió a hacer lo que debería haber hecho tres días atrás en el parque de atracciones.
Cristina, mírame —ella obedeció—. Tengo que decirte algo.
No me asustes, por favor.
Tranquila —sonrió y dejó embobada a Cristina, como tantas otras veces había hecho—. Desde el momento en que te vi supe que eras una chica especial, diferente, increíble. Tus ojos, tu pelo, tu sonrisa, tu voz, tu cuerpo... Eres una chica maravillosa y se que te mereces algo muchísimo mejor que todo lo que yo puedo darte pero —Smith hizo una pausa y respiró hondo— creo que me gustas.
Smith, yo...
Shh —dijo poniéndole un dedo sobre los labios—. Sé que esto es una locura. Que vivimos lejos y que nos conocemos desde hace muy poco, pero esto es algo... diferente.
Entonces, en el mismo instante en el que él terminó de hablar, ella se echó un poco hacia delante y lo besó. No un beso apasionado y con ganas de algo más como normalmente besaba él ni un beso sin ganas como solía besar ella, sino un beso lento, que demostraba muchos sentimientos encerrados. Al separarse, se abrazaron, sabiendo que su historia no había hecho nada más que comenzar. Tenían claro que no iba a ser fácil, que todo estaba en su contra, pero, en esa habitación blanca de hospital, los dos dejaron sus miedos de lado para comenzar una historia juntos.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Capítulo 19#

Cristina entró a la habitación despacio, intentando no hacer ruido. Sus padres estaban fuera, hablando con una enfermera que les daba los detalles de la evolución del chico. Se dio la vuelta al cerrar la puerta y se le cayó el mundo encima. Esa sudadera, esas uñas pintadas tan extravagantemente, esos ojos... Laura.
¿Qué haces tú aquí? —preguntó ella. Tenía cogida la mano de Smith entre las suyas. Cristina comenzó a sentir furia, una ira inmensa, hacia ella.
¿Y tú?
Yo lo conozco desde que eramos unos críos. Repito, ¿que haces tú aquí?
No te importa.
Se levantó y se acercó al oído del chico. Le susurró algo, lo suficientemente bajo como para que Cristina escuchara el susurro pero no lo entendiera. Entonces le besó en los labios. Cristina quiso matarla. ¿Por qué no? Podría coger alguno de los mucho cables que colgaban de las máquinas que tenía a su derecha y enredárselos en el cuello. La ahogaría sin dejar que gritase. Además, nadie la había visto entrar en la habitación, así que solo tendría que ponerse cerca de la puerta y gritar... No, mejor cogería el cable arrodillada a su lado para que no se extrañaran al ver sus huellas. Y tendría tiempo suficiente para relajarse alegando que era amiga suya y que estaba conmocionada.
Volvió a la realidad cuando Smith abrió los ojos. Laura estaba de espaldas, por lo que no lo vió. Pero Cristina si. Se le iluminó la cara. Sonrió todo lo que pudo. Y corrió a abrazarlo.
Se fundieron en un abrazo que demostraba algo más que una simple amistad. Aunque ellos no lo sabían, algo nuevo comenzaba a surgir entre ellos. Algo diferente a todo lo que habían sentido antes. Algo especial, mágico, hermoso. Algo que él no había sentido nunca antes, pero ella... Ella si.
Hace algo más de diez meses, en algún lugar de la playa.
¡Cris!¡Cris estoy aquí!
Cristina giró la cabeza. Allí estaba. Ricardo. Su novio. Que bien sonaba aquello... Su novio... Suspiró y levantó la mano en señal de saludó.
El chico ni siquiera llevaba camiseta. Solamente un bañador de Volcom, unas chanclas negras y una toalla de los simpsons alrededor del cuello. Increíblemente precioso, como siempre.
Se levantó de la toalla y se sacudió la arena que estaba pegada a su piel. Ricardo tiró su toalla al lado de la de ella. La abrazó por detrás y le dijo que la amaba. Ella se giró y lo besó en la mejilla.
Hace mucho calor, ¿no? —dijo él jugando con el pelo de Cristina.
Si, ¿verdad? —respondió ella giñándole un ojo.
Pues... ¡Al agua!
Y, gritando esto, Ricardo cogió a Cristina en brazos y la llevó al agua mientras ella gritaba y se revolvía intentando escapar. Ninguno de los dos podían dejar de reír. Eran felices juntos. Muy felices.
Tonta.
Dime Ricardo —dijo Cristina saliendo del agua y abrazándolo.
Que te quiero.
Y yo a ti... —Pero él no se imaginaba que ella lo quería... Como algo más de lo que eran...
¿Si? —Ricardo le sonrió. Cristina se quedó embobada con esa sonrisa. Ricardo era increíble—. Tengo que contarte una cosa.
¡Dime!
¡Estoy saliendo con Laura!
Laura... ¿Mi amiga?
La misma.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Capítulo 18#

Ricardo terminó de atarse los cordones de sus nuevos tenis. Unos botines de Adidas blancos y morados preciosos. Además, quedaban de muerte con su nueva chaqueta de Volcom.
Sin prisa, salió de su casa despidiéndose de su madre con un beso en la mejilla. Cerró la puerta y comenzó su rutina de todos los días. Primero, el parque de detrás de su casa. Como todos los días, escribió un nuevo palito en un árbol con una navaja. Un nuevo día que pasaba sin ella. Se agachó y recogió una piedra del tamaño justo, como siempre. Segundo, la vieja puerta de la estación de trenes. Fue hacia la parte izquierda hasta llegar a una rejilla. Besó la piedra y la tiró por dicha rejilla. Por último, se fue a la puerta del Smooy, y esperó una enorme cola para tomarse una granizado de limón que llenó de moras de chuche para que le dieran sabor, como siempre hacía ella.
¿Os parece raro? A él no. Ricardo hacía eso todas las mañanas. Excepto cuando tenía que ir al instituto, que se levantaba temprano y hacía el mismo recorrido pero sin llegar al Smooy. ¿Qué por qué? ¿No está claro? Su primer y único amor siempre hacía eso. Siempre que quedaban iban a uno de esos tres sitios, y él los unió todos en un único camino que solo le servía para acordarse de ella. Recordar tiempos pasados y mejores...
La gente lo miraba con cara rara. Además de hablar de él a sus espaldas. ¿Qué haría un chico con el pelo multicolor y una cresta dando siempre las mismas vueltas? Incluso una vez tuvo que explicarle a un policía que solo hacía eso para recordar viejos tiempos, porque algún vecino desconfiado lo había llamado.
Volvió a su casa con la cabeza gacha y se conectó al Tuenti. No tenía nada. Entonces encendió su Spotify y le dio a la lista de reproducción con el nombre “Elle, ma vie, Cristina”. Comenzó a sonar la canción “Volverte a ver” de Juanes.
Se tiró en su cama y se dispuso a volver a caer en los brazos de Morfeo cuando su móvil sonó. Un mensaje.
Oie pavo, ya casi e llegao a tu casa asiq bajat rapido! Ah! Y no se t olvide el dinero pa pagar el taxi. Tkm!”
¿Ya? ¡Mamá! ¡Alicia ya ha llegado! ¡Dame dinero para pagar el taxi anda...!

sábado, 5 de noviembre de 2011

Capítulo 17#

Aquellos tres días se me hicieron interminables, sin poder moverme de aquella cama y sin poder escuchar la voz de Cristina. Lo único bueno que tuvieron fue que me dio tiempo a pensar. Pensar en qué me estaba pasando con ella.
Al principio, cuando la subí al escenario, pensé que con ella sería una sola noche de pasión y, al día siguiente, si te conozco no me acuerdo, como con todas las demás... Pero, lo reconozco, aquella vez no era así.
Aquella vez, por extraño que sonase viniendo de mi, quería hacer las cosas bien. Llegar a su casa y decirle que me gustaba, y que quería intentarlo con ella...
Un momento. ¿Intentarlo? Smith, ¿qué coño decías? Después de lo de Amaia nunca, jamás, ibas a volver ni si quiera a intentar algo serio con ninguna chica. ¿Y entonces? ¿Por qué esas mariposas en el estómago cuando estaba con ella o cuando me abrazaba? ¿Por qué esa necesidad de ayudarla si estaba en peligro? ¿Por qué le había tenido que pedir a un colega que me dejase alguna ropa para ponerme para verla a ella? Hacía tanto tiempo que no sentía algo parecido...
Pero, lo peor de todo, era que apenas la conocía de nada. ¿Un flechazo? Eso no existía... A lo mejor fue su actitud arrogante delante de Laura y en el escenario lo que ayudó a que me gustara, pero luego, verla tan indefensa con lo de su hermana hizo que algo en mi cambiara.
Si, a pesar de todo lo que había sufrido por culpa del amor antes, volvía a querer intentar algo con alguien... Cristina me empezaba a gustar de verdad.

* * *

Y aquí concluye el cuadro número 154. Por favor, si desea escuchar la historia del siguiente, desplácese hacia su derecha y, al entrar en la siguiente sala, pulse 133.
¡Por fin! —gritó Aurora feliz.
¡Shh!
La pequeña estaba más contenta que nunca. Se acabó la pesadilla de escuchar historias viejas y feas sobre cuadros horribles. Ya había escuchado 67, lo que le dijo su padre que contara para que se fueran a comer.
Además, después de lo que pasó tres días antes, sus padres la habían perdonado y le había prometido llevarla al parque de atracciones un día más.
¡Papi, papi! Ya los he contado, papi. Los 67 justos —dijo la niña abrazando a su padre.
¿Si, cielo? Pues ahora mismo nos vamos a comer.
¡Bien!
En ese momento, Cristina pasó a la misma sala en la que se encontraban ellos. Se unió al abrazo y fue muy bien recibida. Entonces, su padre le susurró que avisara a su madre y que ellos ya iban al restaurante que habían decidido: un italiano llamado “La Trattoria”
La comida transcurrió perfectamente. La familia Salcedo habló sobre temas como los futuros brackets de la pequeña o las nubes que avecinaban lluvia esa tarde. Todo fue perfecto hasta que sonó el móvil de Cristina.
¿Quién es, hija?
Es del hospital... ¿Diga?
¿Señorita Salcedo? —preguntó retóricamente una chica desde la otra línea del teléfono— quería comunicarle que el señor Smith Rodríguez ya ha salido del hospital.
Una enorme sonrisa inundó la cara de Cristina. Una sensación de felicidad increíble le recorrió todo el cuerpo. Un simple “en una hora estoy allí” se escapó de sus labios mientras miraba a su madre y asentía con la cabeza. Y entonces, sin venir a cuento, una pequeña lágrima escapó de uno de sus claros ojos. Una lágrima de felicidad. Una lágrima con la que sus padres se dieron cuenta de que su niña ya no era una niña. La niña se había enamorado.

domingo, 16 de octubre de 2011

Capítulo 16#

Fueron las dos peores horas que pasé hasta aquel día. Dos horas de impotencia ante la situación. De sentirme culpable hasta el punto de pensar en mandar a la mierda todas la reglas, pegarle dos guantazos bien dados a esas enfermeras y entrar en aquella habitación sin permiso de nadie. Dos horas en las que Smith no dejó de pasar por mi cabeza.
No entendía por qué, pero necesitaba verlo, abrazarlo, decirle que lo sentía... ¿Qué me estaba pasando? Aquella situación podía conmigo.
Entonces, una de las enfermeras a las que quería partir la cara se acercó a mi.
¿Eres un familiar suyo?
No, soy una amiga, pero no ha venido ningún familiar.
¿Tú venías en la ambulancia verdad? —por su sonrisa, comencé a sospechar que me dejaría pasar, y yo también sonreí.
Si, era yo.
Bien, puedes pasar diez minutos, tiene que descansar.
Poco a poco, me levanté de la silla y fui hasta la habitación 115.
Cuando entré, vi que en la primera cama había un hombre lleno de magulladuras, cortes y moratones por todo el cuerpo, más al fondo, una cortina y, por último, se podía ver la parte de abajo de una cama.
Continué andando y lo vi. Smith estaba en esa cama, tapado hasta un poco por debajo de los hombros, con una bolsa de suero a su izquierda. Llevaba la cabeza y el hombro vendados y la pierna derecha escayolada. Pero estaba consciente, y se extrañó mucho de verme allí.
¿Por qué has venido? A penas me conoces... Y también estabas en la ambulancia, ¿verdad?
Si... —me senté en la silla y me acerqué a él. Sentí como, al mirarle a los ojos, los mios se iban humedeciendo. No soportaba más la presión y comencé a llorar— Ha sido culpa mía Smith... Yo te obligué a buscar a mi hermana y al imbécil ese... Y te cayó la viga encima y...
Shh —dijo él sujetándome de la barbilla y levantándome la cara hacia él—. No es culpa tuya, ¿vale?
Me levanté y lo abracé. No sabía exactamente por qué, pero necesitaba hacerlo. Le había cogido un cariño increíble a aquel muchacho. ¿Por qué? Quizás fue porque gracias a él encontré a mi hermana, quizás fueron sus ojos que seguían atrapándome como ningunos lo habían hecho nunca o quizás fue porque sabía que Laura sentía algo hacia él... Pero no quería que ese abrazo acabara nunca.
Cristina... ¿Sabes cuando saldré de aquí?
Me separé de él y le dije exactamente lo que minutos atrás me había dicho la otra enfermera. Que lo más grabe que tenía era la tibia rota y el corte de la cabeza, o sea, que dos días podría salir de allí.
Sonrió. Se incorporó como pudo y me abrazó. Me abrazó como nunca nadie lo había hecho antes. Y comencé a sentir unas incontrolables mariposas en el estómago. ¿Qué significaba aquello?
Y, justo en el instante en el que mejor me había sentido en mi vida, llegó la enfermera diciéndome que debía irme, que volviera mañana.

lunes, 10 de octubre de 2011

Capítulo 15#

Hace más o menos diez meses.
¿Si? ¿Y entonces que te dijo?
Pues me soltó que nada se podía comparar con mi sonrisa.
¡Dios! Que mono... ¿Dónde se compran tíos así Natalia?
Eran las 11:30 de la mañana, en un martes normal, en el patio normal de cualquier instituto. Dos amigas hablaban animadamente. Eran dos chicas felices. Sin problemas. Hasta que vieron acercarse a una rubia.
Hola Cris... —dijo dicha rubia con la voz temblorosa.
Que te follen —Cristina fue lo más seca e indiferente que pudo con esta respuesta, pero en su cara asomó una pequeña mueca de alegría.
¿Podemos hablar... a solas?
No —dijo mientras su compañera se levantaba—. Natalia, siéntate anda.
Cris, yo me voy con Roberto, ya hablamos en clase.
Cristina vio como poco a poco una de sus mejores amigas se alejaba y como Laura se sentaba a su lado.
Mira Cris, lo siento... Ayer corté con él.
Me suda lo que tú ya sabes.
De verdad que lo siento...
Mira Laura, pasa de mi cara, ¿vale? No quiero volver a verte en la vida —poco a poco, la chica de ojos claros comenzó a alzar el tono de voz. La cosa se ponía fea—. ¿Te parece bien? Me alegro, y si no pues te jodes. ¡Me tienes harta! ¿Por qué, joder? ¿Por qué tuviste que arruinarme la vida y salir con él? ¡Sabías que me gustaba muchísimo! Es más, sabías que estaba enamorada de él.
Tranquilízate Cris...
¡No me tranquilizo! ¡Explícamelo! ¡Ya!
Pues no lo se. Solo se que fui una tonta. Que eras mi mejor amiga y te fallé por estúpida —Los ojos de Laura comenzaron a humedecerse—. Lo siento de verdad. Te repito que ayer corté con él porque no podía seguir con esto. ¡A mi nunca me ha gustado!
Una lágrima calló por la mejilla de la chica. Esa pequeña gota fue el desencadenante de todo lo que vino después.
Una bofetada, millones de insultos, un tirón de pelos, una patada, un puñetazo, dos expulsiones, dos chicas castigadas como nunca... Tres días de vacaciones para cada una.

domingo, 2 de octubre de 2011

Capítulo 14#

Solo podía escuchar el sonido de una sirena. Ese ruido infernal me taladraba sin reparo. Al poco tiempo, pude escuchar unas voces lejanas, muy lejanas. Creo que se estaban peleando...
¡Tiene que dejarme subir!
Solo si es usted familiar.
¡No lo soy, pero estaba delante joder!
Y, otra vez, comencé a marearme.
Me desperté al poco rato, por lo que pude suponer. Ahora, aparte de la sirena, podía notar un vaivén. Eso no me ayudaba mucho con el dolor de cabeza. Las voces lejanas habían desaparecido. Notaba también a alguien cogiéndome la mano. ¿Quién sería?
Poco a poco, sentí la fuerza suficiente como para abrir los ojos. Veía borroso. Creí que la que estaba allí mi madre, pero no podía ser. ¿Para qué?
Poco a poco, la silueta de esa mujer se convirtió en la de una chica, de unos 17 años, quizás menos...
Poco a poco, sentí fuerzas para hablar. Ya veía algo más claro...
Ah...
Solo eso asomó por mis labios. Al mismo tiempo que pretendía pronunciar algo, el dolor de mi cabeza comenzó a ser más y más intenso, me dolía el hombro izquierdo como nunca y apenas sentía la pierna derecha. ¿Qué me había pasado?
¡Smith! Smith, ¿estás bien? —la voz de la chica sonaba preocupada... ¿Me conocería?
Me duele... mucho la ca... joder, la cabeza...
Tranquilízate, has tenido un accidente y ahora vamos de camino al hospital.
¿Qué ha pasa... do?
Una viga en mal estado. Era un edificio antiguo, el más antiguo del parque, y tenía termitas —pude ver como ella comenzaba a llorar— ¡Ha sido culpa mía, Smith! Lo siento muchísimo.
Entonces lo recordé todo. Cristina, Aurora, la cafetería antigua, el cartel, la viga... Todo...
Y volví a perder el conocimiento.
Mientras, en una cola para alguna atracción del parque.
Laura, esta es la gilipollez más grande que has soltado por esa boquita.
Claudia, no seas tan borde conmigo...
Las dos chicas se peleaban por alguna que otra tontería. Sin que ninguna lo esperara, una ambulancia pasó por su lado.
¡Hey! ¿Qué coño? —Gritó Claudia.
Laura se puso blanca. Había sido solo un momento, pero le pareció haber visto a Smith en ese horrible vehículo, que solo podía traer desgracias a la gente que estaba dentro. ¿Qué le podía haber pasado? Su mundo, poco a poco, comenzó a desmoronarse hasta el punto de que una lágrima asomó por su rostro.
En un segundo, decidió lo que debía hacer.
Prima, me voy.
No —comenzó a decir Claudia, que quería subirse a la atracción para la que llevaban quince minutos haciendo cola—, tú te subes aquí conmigo.
Claudia, no me da la gana. Me voy. Ya hablaremos.
Y, sin decir más, saltó la verja y comenzó a correr hasta la salida del parque.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Capítulo 13#


Creo que tengo una idea de dónde podrían estar.
Esas fueron las últimas palabras que dijo Smith antes de que los dos chiquillos salieran corriendo. Corrían por el parque como si la vida les fuera en ello. Él delante. Ella detrás. Cogidos de la mano como si se conocieran de toda la vida.
Entonces el chico se paró delante de un enorme cartel en el que ponía “Coca-cola” en plan antiguo. Cristina, que no sabía que se iban a parar allí, no calculó bien y se chocó con Smith, provocando la caída de ambos.
El tiempo se detuvo. La gente pasaba y pasaba al lado de ellos, pero sin inmutarse de que estaban tirados. Los niños corrían a su alrededor, pero los esquivaban fácilmente sin preocuparse si quiera de por qué estaban allí tirados.
Se miraban a los ojos. Smith sintió de repente una especie de pinchazo en el estómago. No sabía por qué le pasaba esto. El pinchazo pasó a ser algo así como cosquillas. Cosquillas en el estómago. Se sentía imbécil solo de pensar aquella chorrada. Pero, ¿qué le pasaba? ¿Se habría golpeado algo al caer? Ojalá fuera eso, y no lo que realmente pensaba que podía ser.
Cristina, que estaba encima, se volvió a perder en la espesura de los ojos del chico. Eran increíblemente negros. Le encantaban. Y en ese momento recordó a su hermana. Recordó los momentos que habían pasado juntos y se derrumbó. Una lágrima, tímida pero clara, comenzó una carrera desde sus ojos hasta la mejilla de Smith, que miraba a la chica con miedo, ,miedo al no saber el por qué de esa lágrima.
Tienes que encontrarla, por favor, es lo único que te pido.
Y, entre sollozos, la chica hundió su rostro en el pecho del joven, que le prometió al oído cosas que ni él mismo estaba seguro de poder cumplir.
Cuando consiguió que la chica recuperara el aliento se levantaron y le dieron un rodeo al cartel. Allí detrás había una enorme puerta llena de telarañas, pero entreabierta.
¿Estará aquí? Tengo miedo Smith... —dijo Cristina cogida del brazo de Smith y colocándose detrás de él.
Mírame —se giró—. Te prometo... No, te juro que encontraré a tu hermana. Te juro que no descansaré hasta volver a ver su sonrisa, con esa pequeña mella, como en la actuación de esta tarde.
Gracias, no tenías por qué hacerlo, y me has ayudado. Gracias, de verdad.
Y lo abrazó. Él volvió a sentir las mismas cosquillas en el estómago. Imbécil, ¿qué coño le estaba pasando? No comprendía una mierda. Una vieja amiga le habló una vez de algo así como mariposas en el estómago cuando estabas enamorado, o cuando comenzabas a estarlo... ¿Podría ser? No, no podía ser. Había salido con bastantes niñas y con ninguna había sentido nada parecido. Era imposible. Cuando todo esto acabara iría a hacerle una visita a su tío, médico de profesión, que trabaja en el parque.
Se soltó de ella y abrió la puerta del antiguo local. Allí, en medio de todo y sentados en dos sillas estaban dos críos.
¡Aurora!
Cristina corrió hasta su hermana. Las dos se fundieron en un increíble abrazo. Un abrazo que demostraba amor de verdad, del de toda la vida. Aunque todas las hermanas se llevaran mal, ellas no. Se querían. Se querían muchísimo.
Cristina no dejaba de sollozar y de decirle que la quería y Aurora, que le correspondía al abrazo, no dejaba de preguntarse por qué lloraba su hermana.
Entonces, la mayor reparó en el chico que estaba sentado en la silla, mirándola sonrojado.
¡¿Quién cojones eres tú, cabrón?! ¿Qué le querías hacer a mi hermana? —gritó cogiéndolo de la camiseta.
¡Ah! ¡Suéltame! —se quejaba él.
Cris, es Roberto, nuestro antiguo vecino —dijo Aurora tirándole de la camiseta a su hermana.
En ese momento, ella comenzó a entender un poco. Solo era un juego... nada más. Sonrió, sonrió como pocas veces lo había hecho. No sabía por qué, pero tenía ganas de abrazar a Smith. Giró sobre sí misma y corrió hasta donde estaba él.
Y, sin que nadie lo esperara, una viga se rompió y se precipitó hacia uno de ellos.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Capítulo 12#


Oye Roberto, mis papás se van a enfadar conmigo si descubren que estoy aquí.
La chica estaba realmente preocupada por sus padres. Seguro que la estaban buscando como locos.
Hace quince minutos,en los baños de la Warner.
¿Aurora?
Un chico de unos doce años estaba de pie en la puerta del baño de señoras. Llevaba una camisa blanca y azul con un mono vaquero encima. En los pies tenía unas converse azul marino.
¡Roberto!
La pequeña se tiró a los brazos del joven. Eran amigos desde hacía dos años, pero hace dos meses él se había tenido que ir a Getafe por motivos del trabajo de su padre.
¿Qué tal estás? —dijo Roberto emocionado— ¡¿Qué haces aquí?!
Pues que he venido de vacaciones con mis papis y mi hermana —Aurora seguía abrazándolo.
¿Tu hermana también ha venido?
Roberto estaba enamorado de Cristina desde que tenía uso de razón. Muchas veces bajaban juntos a la playa en verano o al parque en invierno. Para él, Cristina era la chica más guapa del mundo. No, del universo entero. Era una diosa, algo inalcanzable para él.
Si, se está montando en una cosa que te sube en dos palos y luego te tiras para atrás y da vueltas y todo —dijo la chica entusiasmada y separándose de él.
Y entonces una idea, fugaz pero clara, pasó por su cabeza.
Tu... ¿Tu hermana tiene novio? —preguntó tembloroso.
No.
¿Y si le damos una sorpresa?
¿Cuál? —Aurora no entendía nada lo que su amigo quería decir.
Mira, ¿qué te parece si nos escondemos y la asustamos un poco?
Aurora se rió, le pareció una idea perfecta.
Entonces, salieron a escondidas del baño y se escondieron en una especie de cafetería que por dentro estaba vacía y llena de polvo y telarañas. Había mesas destrozadas y sillas con tres patas. Las ventanas fueron transparentes en su tiempo, pero ahora no se veía nada del exterior. Al fondo había unas escaleras que subían hasta lo que debió ser un escenario.
Los chicos se quedaron ahí escondidos, sin dejar de vigilar un momento a Cristina y a sus padres.

NA: Perdonad por la tardanza!

jueves, 8 de septiembre de 2011

Capítulo 11#


¿Diga?
Smith, ¿eres tú?
Si, ¿tú quién eres?
Cristina.
Esto... ¿La de la fiesta de Carlos?
¿Qué Carlos? ¡No joder! A la que has sacado al espectáculo hace una hora más o menos.
¡Ah! Si... Sabía que me llamarías.
¡No digas gilipolleces, joder! —Cristina había perdido los nervios— ¡Mi hermana ha desaparecido!
¡¿Qué?! —Smith no sabía que decir. ¿Cómo que la hermana de Cristina había desaparecido?
Si... Ella... Joder, entró en los baños y mi padre estaba con nosotras y no nos fijamos en ella y mi madre está desesperada y...
Tranquila, tranquila... A ver, ¿dónde estás?
Estoy en... —Cristina comenzó a sollozar. No podía evitar acordarse de su hermana— En el Stunt Fall.
Estoy allí en dos minutos. No te muevas.
Vale...
Y dile a tus padres que hablen con alguien que trabaje aquí, ¿ok?
Claro, ahora mismo.
Un beso cielo, no te preocupes.
Hasta ahora...
Cristina llegó al lado de su madre, que seguía preguntándole a la gente que si habían visto a su querida hija. La abrazó y le dijo que hablase con alguien de allí. Su madre, sin dejar de llorar, cogió a su padre y entró en una tienda que estaba a poco metros más hacia la derecha.
Entonces, la joven de 16 años se dirigió hasta la cola del Stunt Fall.
No podía dejar de pensar en su hermana. Aurora era una chica preciosa, perfecta. Ella le dejaba dinero siempre que lo necesitaba, la encubría cuando llegaba tarde a clase e incluso cuando una noche se escapó sin que sus padres se dieran cuenta ella la ayudó. Y la quería. La quería mucho.
Entonces Smith apareció detrás de un grupo de guiris. Cris lo reconoció por los ojos. Aquellos ojos negros la dejaron sin respiración solo con verlos. Pero no solo los ojos la hicieron fijarse en él. Tenía el pelo negro también, ni muy largo ni muy corto. Llevaba puesta una gorra hacia atrás negra, con el símbolo de Zoo York en rojo. Un polo negro con los filos rojos y amarillos y unos pantalones pitillos rojos. Llevaba unos tenis de la marca DC negros y blancos.
Cristina, yo soy Smith —el joven no podía evitar estar serio después de lo que la chica le había dicho por teléfono.
Ya lo se —por un momento, dejó de pensar en su hermana para fijarse en aquel sol que tenía frente a ella. Pero rápidamente los rizos de la pequeña volvieron a su cabeza.
¿Cómo?
Tus ojos...
No importa. Ya me lo contarás. Ahora explícame detallada y lo más rápidamente que puedas lo que le ha pasado a tu hermana.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Capítulo 10#


Papá, papá... —comenzó a pedir la pequeña Aurora.
Dime Aurori —dijo Alfonso cogiendo en brazos a su hija.
Tengo que ir al baño...
¿Si? —él miró a su hija a los ojos sonriendo— Esperamos a que se bajen mami y la pequeñaja y te acompañan al baño.
¡No —la chica se enfadó. Su padre pensaba que tenía tres años, ¡pero ya tenía seis! Podía ir al baño sola, como la pequeñaja—, puedo ir yo sola!
Bueno, mira, allí tienes unos baños. ¡Corre!
¡Gracias papi! —dijo Aurora dándole un beso en la mejilla a su padre y echando a correr.
Alfonso miró como su hija pequeña se metía en lo lavabos del parque. Entonces miró la atracción donde las otras dos chicas de su vida estaban subidas. Justo en ese momento la atracción estaba cogiendo altura. Vio a su mujer con cara de susto y también vio a su hija levantando las manos hacia el cielo. La atracción tardó apenas cinco segundos en salir disparado. Aquel chisme, según Alfonso, daba vueltas y más vueltas hasta que se volvió a subir. Después de unos tres segundos volvió a bajar y dio las mismas vueltas pero al revés.
¡Papá! ¡Esto ha sido increíble!
¿Si pequeñaja? Me alegro de que te haya gustado.
Oye Alfonso —comenzó a decir Neme—, ¿dónde está Aurora?
En el baño, vamos para allá.
No sabía porque, pero Cristina tenía un mal presentimiento. Siempre que sentía algo así se metía las manos en los bolsillos traseros de su pantalón. Un momento, ¿qué era aquello?
En su bolsillo derecho había una pequeña nota. Ella no había metido nunca una nota allí... Además, había comprobado que no llevaba nada en ellos antes de irse de viaje.
En la nota ponía lo siguiente:
Sabes que acabarás llamándome: 693884592. Un besazo, Smith(L)
¿Smith? ¿Quién coño era ese? ¡Oh! ¡Claro! ¡El de la bicicleta! Seguro que le había metido eso allí cuando la ayudó a levantarse. Pero... ¿qué se creía? Por dios... No lo llamaría nunca. O eso pensaba ella...
En ese momento llegaron a los baños. Nemesia entró a los baños. Tres minutos después salió desesperada.
¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde está mi pequeña?! —gritó la madre.
Cariño, tranquilízate. ¿No está hay dentro? —Alfonso también se estaba poniendo nervioso.
¡No joder, no está hay dentro!
Su madre se sentó en un banco y se puso a llorar. Cristina se sentó con ella y la abrazó.
Mi niña, mi preciosa niña —sollozaba Nemesia.
Tranquila mamá.
¡No joder! ¡No!
Entonces se levantó del banco, sacó una foto de su hija desaparecida de la cartera y comenzó a enseñársela a todo el mundo preguntando si alguien la conocía.
Cristina empezó a llorar como una niña chica. Su hermana estaba desaparecida. ¡No, por favor! No podía evitar las lágrimas. Veía a su madre preguntándole a todo el mundo si la habían visto y llorando un poco más cada vez que le decían que no. Veía también a su padre apoyado en la pared llorando como nunca.
Cuando tu madre llora sabes la gravedad del asunto, pero cuando tu padre llora sabes que todo está perdido...
¡Un momento! Aún quedaba una cosa, una oportunidad. Si, había que intentarlo.